Un pollo cualquiera
Cualquiera diría que soy un pollo cualquiera. Intento hacer cola en la parada del bus, miro la tele, libro los fines de semana y me llevo a la familia y al perro en mi coche a la playa. Intento hacer cola en el registro civil, y en mi casa maldigo el sistema, la administración pública y el Madrid. Intento hacer cola en el puesto de las verduras, pero están cerrando y todos gritan y me cuelo igual que los demás; ahora será mi turno. He salido a las siete y media del trabajo, hago jornada intensiva y así entro antes, como menos, y salgo igual de tarde pero apurado para ir corriendo al mercado, porque en nuestra familia nos ayudamos con las tareas de casa. Mi mujer limpia, friega los platos, lava la ropa, cocina y prepara las listas de la compra. Y yo voy al mercado. Ay como me grita la señora, ¿cuál quiero? Tomate verde de canarias, tomate de rama de canarias, tomate cherry de canarias, tomate de ensalada de canarias, o simplemente tomate rojo blando casi pasado para hacer pà amb tomàquet, aunque el tomate también sea de canarias. En un momento me coge una indecisión bastante importante: mi mujer no me ha especificado en la lista qué tipo de tomate quiere. Un kilo, ¡¿pero de cuál?! ¿Será imbécil ella? ¿Sabéis qué? Hoy salgo de la Boquería sin tomate, tiro la coliflor al suelo, me saco la corbata y me voy. Iré a la estación de Francia y cogeré el primer tren que pase. Iré a ese París del que leí de joven, el que no se acaba nunca. A la aventura.

Cuento de Mia Larsson