A diez centímetros del suelo ya se puede decir que estás volando

Me acomodo en la silla y te robo un título. La silla es el balancín de mi abuela y balanceo y es el único lugar de la casa donde encuentro equilibrio. Estoy haciendo calcetines de punto, lo aprendí de mi abuela y ya voy por el décimo octavo par este otoño. Los regalo a mis primos, a amigos, a todo aquel que tenga frío en los pies. Y los hago de diferentes colores. Mientras, miro por la ventana y veo como los copos de nieve poco a poco van disfrazando el jardín. Poco a poco le van dando una capa mojada y fría a todos los recuerdos del verano, que se van congelando debajo de la manta blanca. Muy pronto se hace de noche y se encienden las farolas de la carretera y sigue nevando y todo se envuelve en una luz de cuento. Me levanto para hacerme un té y busco el bote de los caramelos. Se llaman Marianne, son de menta con chocolate por dentro, se derriten en la boca y traen recuerdos de la infancia.
A veces me duermo en la silla, acunándome hasta que la mirada desaparece por la ventana y me voy unos instantes al mundo de los sueños. Primero todo es blanco, como el paisaje de la nieve, luego viene más y más luz y a veces vuelo. No sé si tengo alas, pero no peso nada y soy blanca como el aire que me rodea y no hay preocupaciones ni calcetines de punto. Y aunque me despierte es como si el balancín siguiera en el sueño, no aterriza y en la radio después del último tema de violoncelo se escucha que sólo a unos diez centímetros del suelo ya se puede decir que estamos volando.

Cuento de Mia Larsson